VIERNES SANTO 2 DE ABRIL 2021
Semana Santa
La sepultura de Jesús: «Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un
sepulcro nuevo... allí pusieron a Jesús».
REFLEXION:
Los cuatro evangelistas nos relatan que un miembro
acomodado del Sanedrín, José de Arimatea, pidió a Pilato el cuerpo de Jesús.
Marcos y Lucas añaden que José era uno
«que aguardaba el Reino de Dios», mientras que Juan lo considera un discípulo
secreto de Jesús, un discípulo que hasta aquel momento no se había manifestado
abiertamente como tal por temor a los círculos judíos dominantes. Juan menciona
además la participación de Nicodemo, de cuyo coloquio nocturno con Jesús sobre
el nacer y el volver a nacer de nuevo había hablado en el tercer capítulo.
Después del drama del proceso, en el cual todo parecía una conjura contra Jesús
y ninguna voz parecía levantarse en su favor, venimos ahora a saber del otro
Israel: personas que están a la espera. Personas que confían en las promesas de
Dios y van en busca de su cumplimiento. Personas que en la palabra y en la obra
de Jesús reconocen la irrupción del Reino de Dios, el inicio del cumplimiento
de las promesas.
Habíamos encontrado en los Evangelios personas como
éstas, sobre todo entre la gente sencilla: María y José, Isabel y Zacarías,
Simeón y Ana, además de los discípulos; pero ninguno de ellos pertenecía a los
círculos influyentes, aunque provenían de distintos niveles culturales y
diferentes corrientes de Israel. Ahora —tras la muerte de Jesús— salen a
nuestro encuentro dos personajes destacados de la clase culta de Israel que,
aun sin haber osado declarar su condición de discípulos, tenían sin embargo ese
corazón sencillo que hace al hombre capaz de la verdad.
Mientras que los romanos abandonaban los cuerpos de
los ejecutados en la cruz a los buitres, los judíos se preocupaban de que
fueran enterrados; había lugares asignados por la autoridad judicial
precisamente para eso. En este sentido, la petición de José entra dentro de lo
habitual en el derecho judío. Marcos dice que Pilato se asombró de que Jesús
hubiera muerto ya, y que primero se cercioró por el centurión de la verdad de
esta noticia. Una vez confirmada la muerte de Jesús, concedió su cuerpo al miembro
del consejo. Sobre el entierro mismo, los evangelistas nos transmiten varias
informaciones importantes. Ante todo, se subraya que José hace colocar el
cuerpo del Señor en un sepulcro nuevo de su propiedad, en el que todavía no se
había enterrado a nadie. Esto manifiesta un respeto profundo por este difunto.
Al igual que el «Domingo de Ramos» se había servido de un borrico sobre el que
nadie había montado antes, así también ahora es colocado en un sepulcro nuevo.
Es importante además la noticia según la cual José
compró una sábana en la que envolvió al difunto. Mientras los Sinópticos hablan
simplemente de una sábana, en singular, Juan habla de «vendas» de lino, en
plural, como solían hacer los judíos en la sepultura. El relato de la
resurrección vuelve sobre esto con más detalle. Aquí no entramos en la cuestión
sobre la concordancia con el sudario de Turín; en todo caso, el aspecto de
dicha reliquia es fundamentalmente conciliable con ambas versiones.
Finalmente, Juan nos dice que Nicodemo llevó una
mixtura de mirra y áloe, «unas cien libras». Y prosigue: «Tomaron el cuerpo de
Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre
los judíos». Pero la cantidad de aromas es extraordinaria y supera con mucho la
medida habitual: es una sepultura regia. Si en el echar a suertes sus
vestiduras hemos vislumbrado a Jesús como Sumo Sacerdote, ahora el tipo de
sepultura lo muestra como Rey: en el instante en que todo parece acabado,
emerge sin embargo de modo misterioso su gloria.
Los Evangelios sinópticos nos narran que algunas
mujeres observaban el sepelio, y Lucas puntualiza que eran las mujeres «que lo
habían acompañado desde Galilea». Y añade: «A la vuelta prepararon aromas y
ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme a lo prescrito». Tras el
descanso sabático, el primer día de la semana por la mañana, vendrán para ungir
el cuerpo de Jesús y así dejar lista la sepultura de manera definitiva. La
unción es un intento de detener la muerte, de evitar la descomposición del
cadáver. Pero es un esfuerzo inútil: la unción puede conservar al difunto como
difunto, no puede restituirle la vida.
La mañana del primer día las mujeres verán que su
solicitud por el difunto y su conservación ha sido una preocupación demasiado
humana. Verán que Jesús no tiene que ser conservado en la muerte, sino que Él
—y ahora de modo real— está de nuevo vivo. Verán que Dios, de un modo
definitivo y que sólo Él puede hacer, lo ha rescatado de la corrupción y, con
ello, del poder de la muerte. Con todo, en la premura y en el amor de las
mujeres se anuncia ya la mañana de la Resurrección.

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