La
tremenda crisis provocada por la aparición del “coronavirus” nos ha sacudido
con fuerza, dejando una violenta estela de angustia, dolor, sufrimiento y
muerte. Todo tipo de crisis cambia algo
en nosotros y nos cuestiona. Los antiguos filósofos y maestros
espirituales entendieron las crisis como aprendizaje a través de un
sufrimiento:
La palabra griega
“crisis” significa “separación, ruptura, distinción, elección y
selección”. Usamos esta palabra en filosofía, en historia, en medicina, en
sociología, en psicología. Entiendo que la crisis se caracteriza por el
hecho de que el equilibrio emocional es alterado. Ante ella es posible que
la persona se derrumbe.
Sin embargo, es hora de reaccionar ante una crisis.
Uno puede resignarse, evadirse, distraerse, o ver la crisis como un
desafío, como una gran oportunidad para crecer, como una ocasión para mantener
renovados estímulos de vida.
En toda crisis se esconde una lección de vida y
surgen valiosos aprendizajes. La realidad es que esta crisis preocupa porque ha
alterado el frágil orden de nuestra vida cotidiana. Cuando la confianza se
quiebra, tanto en uno mismo, en los demás, en las empresas, en los políticos, o
en quien sea, la crisis se mantiene desatada y sin control. Cuando fallece un
ser querido o irrumpe una hecatombe económica, o se desatan las iras del
averno, algo se rompe y comienza algo nuevo.
No se puede volver atrás, resulta difícil mantener
el orden anterior para encontrar un nuevo comienzo. Creo que hay que aprovechar
la oportunidad de abrirse a lo nuevo, de descubrir la ocasión que nace frente a
lo que acaba de morir.
Los seres humanos no estamos determinados ni
programados, a pesar de estar condicionados por incontables factores
culturales, biológicos, sociales, políticos y económicos que parecen quitarnos
posibilidades de realización personal.
Pensadores de calidad más que reconocida nos
recuerdan que estamos condicionados, pero no determinados, no somos víctimas pasivas de un destino
escrito por los astros o por la casualidad, sino que somos protagonistas de una
historia que vamos construyendo con nuestras decisiones. La orientación que
demos a la vida y la actitud con la que se vivirá cada circunstancia, no está
programada de antemano, sino que es fruto de decisiones personales.
Ser libre exige la responsabilidad de la propia
capacidad de decidir. Implica “hacerse cargo” de la propia vida y de las
propias decisiones. Aun cuando preferimos, por temor a equivocarnos, que otros
decidan por nosotros, nada nos exime de actuar ya que hemos sido nosotros
quienes decidimos que otros decidan. Siempre seremos responsables de lo que
hacemos con nuestra libertad. Podemos echarle la culpa a los demás, al clima, o
a los astros, pero lo cierto es que nosotros elegimos vivir como vivimos
la vida que nos toca.
Por eso, ante una crisis, cualquiera que sea, la
diferencia no la hacen tanto las circunstancias más o menos favorables, sino la
actitud con la que nos hacemos cargo de la crisis y hacer de ella nuestra gran
oportunidad. No permitamos que nada ni nadie nos haga
sentir que no tenemos ningún valor, o que el desprecio de otros nos dañe
emocionalmente
Las
personas optimistas creen siempre que pueden dar lo mejor de sí a medida que
avanzan hacia el fututo. Al despertar, lo hacen con alegría y no tienen ninguna
razón para no ser mejores en esta nueva oportunidad de vida, y tienen mucha
razón. Así, debemos ser los ciudadanos d esta hora. Vamos a dar lo mejor de
nosotros cada día, ser optimistas y alegres, en donde las circunstancias y los
fracasos anteriores no deben importarnos ni pesarnos. Al contrario, esta dolora
crisis del virus asesino debe ser trampolín hacia una nueva y mejor versión de
nosotros mismos. Con fe y esperanza, esperamos una mejoría en la vida.
La
fidelidad a Cristo nos permite recordar que debemos transmitir el amor, la
compasión y el perdón de Dios, haciendo ver al mundo que, más allá de cualquier
prueba, adversidad o circunstancia difícil, hay Alguien que nos ama y nos
espera para brindarnos una felicidad que
nadie nos podrá quitar.

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