En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaum, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenia un espíritu inmundo, y se puso a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quien eres: el Santo de Dios”. Jesús le increpó: “Cállate y sal de él”. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaban estupefactos: “¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”. Su fama se extendía enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
INVITADOS A REFLEXIONAR
Galilea es, para Marcos, el lugar en el que Cristo predica y actúa de una forma muy especial. En Cafarnaun se producen los primeros impactos de Jesús con las muchedumbres de Galilea. Jesús no ofrece largos discursos, ni siquiera se entretiene con pequeñas lecciones teóricas; prefiere encuentros personales, manifestaciones prodigiosas con signos que, en algunos casos, resultan espectaculares. Los hechos y las palabras de Jesús provocan cambios en profundidad en las personas que acuden a el.
¿Qué pasó con el hombre que tenía el espíritu inmundo? Le reconoció, como Jesús el nazareno, el santo de Dios, -sé que eres el Santo de Dios-; pero no le comprendió., -¿has venido a acabar con nosotros?-. Jesús salva al hombre y obliga al espíritu malo al silencio. Vivimos en una sociedad en la que los poderes malignos tienen la palabra, dicen su menaje, intentan convencer con sus mentiras, mientras los que debería hablar están callados.
Jesús va al fondo de los problemas. No se limita a dar la salud física, sino que busca la dimensión interior de las personas para sanarlas integralmente. Pretende extirpar la raíz del mal para devolver al hombre la dignidad genuina de su ser. Las grandes y pequeñas potencias del mundo se derriten como cera ante la fuerza impresionante de la palabra de Jesús.
Jesús sana dando Vida a la vida del ser humano.
Jesús sana purificando mentes y corazones.
Jesús sana silenciando el dominio del mal.
Jesús sana predicando con autoridad.
Jesús sana iluminando el interior del ser humano.
Jesús sana yendo a la raíz de nuestros males.
Jesús sana denunciando nuestras mentiras.
Jesús sana dando bríos a nuestra fe.
Jesús sana regenerando nuestra filiación divina.
Jesús sana dando testimonio de su Poder.
Toda forma de sanación –física, espiritual, emocional, relacional...- tiene que expresarse con himnos de alabanza y de acción de gracias al Todopoderoso. Cantamos poco al Señor. La oración de alabanza produce frutos maravillosos en la vida de los creyentes. Levanta el ánimo, da fuerza para seguir adelante, estimula nuestra voluntad para servir al Señor con más fidelidad. Dios merece toda nuestra alabanza.
P. Gregorio Mateu